Las  insensatas aventuras de Freddie Croquett 

Miguel Muñoz Martinez

1ª parte
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<b> La fuga de Freddie</b>
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Voy deslizando la fregona de un lado a otro.
Pum y pum.
Luego llego hasta una de las paredes, vuelvo a frotar con saña, y continúo en sentido contrario.
Y así una vez...
Y otra...
Y otra...
...
Lo cierto es que no sé cuanto tiempo llevo paseando la fregona por esta condenada e interminable sala de trofeos.
¿Quizá cuatro semanas? ¿Quizá doce? No lo sé. Lo cierto es que este trabajo se hace interminable entre todas estas salas de pulidos suelos e intrincados recorridos.
...
Por cierto, no me he presentado.
Mi nombre es Freddie. Freddie Croquett. El comerciante más hábil de esta parte de la galaxia.
Donde quiera que vaya todo el mundo conoce mi nombre. Verme inspira en todo aquel que me vé profunda admiración. No hay planeta donde no haya hecho negocio; No hay puerto donde no haya atracado, ni orificio que no haya horadado.
Lo cierto es que soy la pera limonera.
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- "<i>Aunque siempre hay gatos más fieros</i>" -...
Es un dicho <i>Coraliano que me he permitido </i><i>citar.</i>
.<i></i>
Digo esto porque, como dice el refrán, siempre aparece alguien con ganas de fastidiar. Y ese alguien no podía ser otro que <i>"<b>Ñorda la Fatt</b>".</i>
<i> </i>La contrabandista más cruel y despiadada de todo el universo conocido.
Un tremendo trozo de carne magra de todo tipo, aglutinada a lo tonto alrededor de... "Dios sabe qué", y que conforman la amorfa masa del orondo ser.
Ñorda tiene (como todo matón que se precie) un ejercito de sicarios a su servicio. Y éste ejercito se distribuye por todos y cada uno de los puertos comerciales de Alfa-Borregoli y galaxias adyacentes, dando a Ñorda un poder innato sobre todas las infelices criaturas que tienen la desgracia de tener alguna clase de negocio con ella o los suyos.
...
Lo cierto es que es mejor evitarla en todos los aspectos. Algo que yo no llegué a comprender hasta hace bien poco. El día de la festividad de Santa Casiopea.
Siempre recordaré ese fatal día como el inicio de mi cautiverio en el palacio de la Fatt.
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Y todo por intentar estafar a la gorda con trescientas hornadas de hielo congoleño. Una mercancía muy delicada que se deshizo nada más cerrar el trato (y con los billetes rozando mis ávidas y tersas manos).
Además de eso me cargué en la huida tres de sus mejores naves bólido, y les hice la peineta con el dedo al pensar (obtuso de mí) que conseguiría darles esquinazo a la velocidad de la luz.
Se puede decir que yo mismo me busqué mi suerte... ¿no?
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Por cierto, éste monólogo interior es una de mis muchas manías.
Pero no cuesta dinero ni hago daño a nadie con ello.
Además, así me entretengo en mi interminable jornada de trabajo.
Tras dejar como los chorros del oro la sala septuagésimo quinta, me animo a empezar con la septuagésimo sexta, pero el murmullo de unas voces lejanas me atrae como a una mosca un mojón.
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Hacerse el "sueco" y seguir fregando.
Pegar la oreja a la pared, como un piel roja.